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Océanos de emoción


Por mi oficio y por la impresionante campaña de comunicación desplegada este mes en torno al estreno, ya sabía que no pagaba mi entrada para ver un documental. En la sala, sin embargo, no había más de 50 personas, a pesar de ser viernes y estar lloviendo. Sólo en el mismo cine había otras 7 películas, algunas en 3D, que parecían despertar más interés. Pero desde el primer minuto de Océanos, supe que aquella prosa poética me iba a encandilar.
Las críticas no son unánimes en cuanto a los resultados cinematográficos. Algunos denuncian cierto caos narrativo, una ausencia de línea argumental y exceso de artificio técnico en una obra en la que lo que se pretende es reivindicar la naturaleza. Pero todos, absolutamente todos los críticos, coinciden en que es un poema visual y sonoro sobre el alma de nuestro planeta.

Ciertamente los medios técnicos, los efectos visuales, el retoque fotográfico, el montaje, y otras artesanías del séptimo arte, hacen que, en realidad, no estemos viendo y escuchando la naturaleza en crudo sino un lienzo magnífico que retrata su espíritu esencial, su razón de ser y nuestro papel en ella como humildes observadores.
A ello contribuye poderosamente una magnífica sinfonía acústica sin la cual no pueden entenderse completamente las imágenes. Es cierto que no hay una narración articulada en torno al clásico texto explicativo del documental, pero la excelente banda sonora y los sonidos son la voz que nos explica y refuerza lo que sucede ante nuestros ojos.

Todo en la película emociona, conmueve y asombra. Pero supongo que a cada persona le impresionan distintas escenas. A mi hay algunas que difícilmente olvidaré y que casi con total seguridad no veré jamás en el mundo real:
Un ejército de miles de centollos amontonándose en el fondo marino para reproducirse; la ternura de una marsopa abrazando a su cría recién nacida, a la que aun le cuelga el cordón umbilical, y a la que está enseñando a respirar en el agua; el canto de las yubartas, la sinfonía casi electrónica de los narvales y la majestuosidad de movimientos de una ballena austral y su cría. Cuando buceaba con ellos, cuando acaricié su vientre estriado y me detuve a observar sus callosidades y escurridizos ojos.
Pero sin duda alguna hay cuatro escenas que me estremecieron y emocionaron íntimamente: Ver a una fragata de la armada francesa de más de 3.000 toneladas vapuleada por olas de 18 metros en las que penetraba hasta casi desaparecer; bucear junto a un rorcual que es arponeado dos veces por un ballenero japonés y sentir ese arpón en tu corazón; acompañar en su agonía a un tiburón al que se le acaban de amputar todas sus aletas y se ha arrojado vivo al mar; y ver a un buceador acompañando al temido tiburón blanco pegado a su lomo, nadando juntos como dos semejantes, con deliciosa placidez, ya son recuerdos permanentes en mi memoria.

El alegato final sobre nuestra responsabilidad de conservar este paraíso vital para las generaciones futuras y sobre la oportunidad fantástica que el buceo nos brinda para conocer, comprender y amar los océanos y sus habitantes, como nunca antes habíamos podido hacerlo, hacen de esta estupenda película un excelente reclamo para la práctica de las distintas actividades subacuáticas.


 
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