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Los signos del fin del mundo




Estamos acostumbrados a las informaciones sobre catástrofes naturales. Llevamos unos cuantos años en los que parece que guerras y naturaleza compiten en conseguir víctimas.


Los productores de películas catastrofistas ya no saben que inventar para sorprender a un público insensible, con un cayo de horrores en su ojo.


El maremoto de Japón ha superado con creces la imaginación de los guionistas de Gozilla. Una combinación de géneros terroríficos: Terremoto, Maremoto, el Coloso en Llamas y Pánico Nuclear. Resultado final: fotos de ciudades devastadas que recordaban a las Hiroshima y Nagasaki. La destrucción era tal, que aunque las imágenes eran a color sólo se veían en escala de grises, consiguiendo un efecto de envejecimiento sin necesidad alguna de usar el Fotoshop.
Los japoneses ha demostrado al mundo una capacidad infinita de resignación y fuerza de voluntad. Los héroes que durante días han arriesgado sus vidas para contener en su jaula de hormigón al demonio radioactivo merecen todos los honores y el reconocimiento, no sólo de sus compatriotas, sino de la humanidad, ya que si la Caja de Pandora de los reactores se hubiera abierto nadie estaría seguro en ningún lugar del planeta.


Dicen que el mundo está construido en base a pares de opuestos. Por cada 100 villanos hay 100 héroes. Mientras los unos daban su vida por salvar la de los demás, los otros estarían entretenidos en Nueva York, Tokio, Londres y Pekín especulando con los precios del petróleo (afectados por la guerra civil en Libia), la devaluación en picado de las nucleares, o la negociación de deuda Portuguesa.


La cuestión es que si bien algunos signos aislados son difíciles de interpretar, cuando forman frases enteras, el aviso es ineludible.
Hay una manera sutil y científica de decir "el fin del mundo está próximo": los recursos del planeta se agotan y nosotros no paramos de crecer en población y en consumo.


Pero hay una manera menos diplomática y más contundente: la que tiene la naturaleza para comunicarse con nosotros cuando está realmente cansada de nuestros atropellos e injusticias. Directa y literalmente nos borra del mapa.


Sucedió antes con las extinciones biológicas, con los dinosaurios, con civilizaciones desarrolladas y arrogantes, con el diluvio, con Sodoma y Gomorra, la Torre de Babel y la Atlántida. Esos signos nos hablan de nuestra fragilidad, de nuestra falta de control de los acontecimientos, de nuestra escasísima autonomía a pesar del impresionante despliegue de medios tecnológicos.


Ha llegado el momento de reflexionar y de cambiar de rumbo. La fantasía de un mundo feliz, tecnológicamente superior, que cubra las necesidades de todos sus habitantes y se dedique a conquistar el espacio exterior ya no se la cree nadie.


Quizás el secreto esté en el decrecimiento. Quizás sobrevivamos a un cataclismo global y tengamos que comenzar de nuevo. Sea como sea, ya nadie puede pensar igual que hace 20 años.
¿Cómo afectarán estos tremendos cambios globales a una especializadísima actividad como la nuestra?
Pues aunque no pueda demostrarlo con datos y sólo sea una intuición, creo que el buceo puede ser una de las actividades profesionales y de ocio con más futuro. ¿Por qué? Porque algo me dice que la clave de nuestra supervivencia está contenida en los océanos.

 


 
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