Paraisos artificiales

Hotel Sheraton Bandung, Java, Indonesia, prácticamente las antípodas. Una preciosa y uniformada azafata mantiene una sonrisa perenne que es la antesala de sus brillantes y redondos ojazos negros, los cuales, sin embargo, acaban achinándose en sus extremos. Trata de explicarme sus problemas con el servidor local de Internet. Probablemente será musulmana, el 80% de la población lo es, pero va vestida como una azafata de Iberia, con el pelo cortito, falda por encima de la rodilla y cortes laterales, con un pote redundante y un rojo carmín que acaba dejando besos en su exquisita dentadura, un marfil tan blanco como el de algunas estatuillas que decoran el lujoso vestíbulo. Nada que ver con la Indonesia que uno descubre si se baja de ese mundo de fantasía occidental que sueña con la descripción que hicieron los románticos orientalistas del siglo pasado. Un mundo que al buceador empaquetado en una oferta turística es casi seguro que se le escape, puesto que el exotismo que busca está desinfectado y envasado al vacío. Así es un turista, un producto más de una sociedad que se basa en la producción y el consumo de masas. Y aunque tanto lujo no está al alcance de todos, con lo que se reduce el grado de cretinidad de la gente que te encuentras, no faltan los ejecutivos japoneses que, aunque no tienen ni un gramo de grasa cubriendo su esqueleto, no se privan de su sesión de fitness. Yo parezco una foca deslizándose por el trampolín del zoológico comparado con estos pollitos.

El caso es que al turista no le interesa viajar, le interesa distraerse, por eso se le baja del avión y se le evita tocar nada de la realidad del lugar en el que se encuentra, por lo que se le desplaza a través de un túnel de cristal con aire acondicionado. Uno llega a pensar que Indonesia es un poco fría, cuando en realidad hay 36 húmedos grados colgados de las palmeras que te observan atónitas mientras disfrutas de la parabólica. El peligro de hacer turismo es dejar de viajar, vivir en un paraíso artificial pidiendo manzanas en el país de la piña y Sprite en vez de jugo de coco. Es un síntoma de la época; pedimos exotismo y aventura, pero no queremos diarreas ni picaduras de mosquitos. Nos molesta la suciedad de las calles pero no nos molesta que el 10% de la población, una minoría china, controle el 80% de la riqueza del país. Nos parece que son sucios e indisciplinados, pero nos deslumbran unos palacios, unos rascacielos de multinacionales financieras y unos hoteles de lujo, que albergan a la gente más corrupta y sucia del planeta. Sin embargo huelen de maravilla, no como las alcantarillas donde se produce la riqueza que ellos emplean en perfumarse.

Javier Salaberria


 
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