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Océanos con soda


Un 18 de febrero de hace dos años nos dejó Luz Murube, de ZOEA, que estará buceando en el Azul Infinito donde descansan los espíritus de nuestros antepasados. Allí, estoy seguro, las criaturas marinas de todos los tiempos y los seres humanos conviven en armonía, porque ya no necesitan sobrevivir, luchar o apropiarse de algo.
Están vacíos de deseos y llenos de luz.
Pero los que nos quedamos aquí tenemos aún mucho trabajo pendiente.

A mi hijo Ziad, que lleva bien su quinta primavera, le fastidia mucho que le haga recoger los juguetes y las migas del bocadillo que deja en el salón. Es un chaval despierto, alegre y cariñoso, pero desordenado. Siempre trato de explicarle, aunque no se si consigo que lo asimile, que es mejor no ensuciar y no desordenar que hacerlo y tener luego que recoger. Que no lo entienda mi hijo, pase. Pero que no lo entiendan nuestros gobernantes, no sólo los nominales sino, sobre todo, los económicos, no es tolerable.

Siempre me interesó ese dicho que reza: “es mejor enseñar a pescar a un necesitado que darle peces por caridad”. Nos va a costar más trabajo al principio, pero los resultados a largo plazo son mejores para ambos: él se independiza y se enriquece, y yo me evito tener que estar pescando siempre para los dos.

Nada de esto parece calar en las mentes burocratizadas, peseteras y remendonas, de nuestros doctos planificadores; siempre pensando en el corto plazo, en el “carpe diem” politiquero.
Esconder la basura bajo la alfombra: ¡qué gran idea!

Como no podemos dejar de enriquecernos, crecer, desarrollarnos…Y como cambiar el modelo energético que tan bien nos funciona para estos fines es costoso, engorroso, y nos llevaría tiempo…sigamos produciendo CO2, escondámoslo bajo la alfombra y que las generaciones venideras apechuguen, que para eso les dejaremos el mundo mucho más avanzado tecnológicamente de lo que nos lo encontramos. ¡Genial, oiga!

¿Qué cuál es la mayor alfombra del mundo, bajo la cual nadie se atreverá a mirar nunca? Pues esa azul e inmensa reserva de porquerías y bidones radioactivos que se llama mar. Además, a 1.000m de profundidad sólo pueden bajar nuestros batiscafos. ¿Que se fuga un poquito de CO2 y, jopelas, el océano se queda más ácido que nuestros jugos gástricos? No importa, ya le echaremos bicarbonato o algún producto químico para contrarrestar. ¡Eso si sucede, no hay que ser catastrofistas ni crear falsas alarmas en la población!.

Y así, chapuza tras chapuza, nos dirigimos inexorables al escenario de un nuevo mundo submarino más parecido al del planeta de Alien que al que conocimos en los documentales de Cousteau.

¿Cuál será la próxima gran genialidad de esta secta de depravados? ¿Por qué no han pensado en construir una chimenea gigante que traspase la atmósfera para depositar el CO2 en el espacio sideral? ¿Por qué no acumularlo en Marte o en la Luna para generar atmósferas que pudieran acabar albergando vida? ¿Disparatado?

A mi si que me parece disparatado seguir empeñados en creer que nuestro diminuto planeta azul puede seguir soportando este modelo de desarrollo, y que la humanidad no va a pagar un alto precio por ello. Ya lo está pagando, pero lo que va a venir puede ser mucho peor.

 

Javier Salaberria


 
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