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VARIOS
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batalla de Rande, en 1702, sumergió en la ría de Vigo a la Flota de
la Plata con uno de los cargamentos más valiosos jamás transportado
en la Carrera de Indias. Desde entonces 23 buques yacen en el fondo
de la ensenada. |
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 TEXTO:
BUCEO XXI
El Museo do Mar de Galicia, situado junto al mar en la Punta de
Muíño, en Vigo, ha organizado una exposición
temporal denominada Rande 1702, arde o mar para conmemorar
el tercer centenario de esta batalla marina que enfrentó
a las armadas inglesa y holandesa contra la Flota de la Plata española
escoltada por buques franceses, que estaban aliados durante la Guerra
de Sucesión Española. La exposición cuenta
con tres grandes secciones: La carrera de Indias, las flotas
de la plata en la que se exponen joyas, objetos de arte, instrumentos
de navegación, grabados y maquetas de galeones, flotas y
escuadras; Mirei as naves arder: la batalla de Rande,
en la que se describe las potencias en guerra, la batalla y la descripción
de Vigo en 1700; y Una historia submarina en la que
se nos da cuenta de la leyenda del tesoro sumergido, su realidad
como yacimiento arqueológico, los ingenios y buzos que participaron
en repetidos intentos de rescate durante estos 300 años y
el estado actual de los pecios.
La historia de los intentos de rescate de los tesoros hundidos comenzó
a los pocos días de finalizar la batalla, cuando buzos de
los cuatro países se sumergieron con la esperanza de rescatar
parte del cargamento perdido. A lo largo de tres siglos se han sucedido
más de veinte empresas de rescate, algunas con éxitos
parciales. El misterio, sin embargo, sigue envolviendo el destino
de gran parte de aquellas riquezas. Nadie contribuyó tanto
a la difusión universal de la leyenda como Julio Verne, al
insertar en la ficción de su libro 20000 leguas de viaje
submarino un capítulo entero dedicado al episodio, con apuntes
de exactitud histórica adornados con dosis de fantasía
a cerca del fabuloso tesoro que abastecía al Nautilus para
sus empresas alturistas.
Mito, realidad y fraude
La
primera campaña con licencia de la Corona fue emprendida
por un representante de los intereses de los comerciantes que
habían perdido su carga en la batalla, don Joseph de Arestiguieta.
Oficialmente, se consiguió evacuar lo esencial del tesoro
justo antes de la batalla, sin embargo el botín de los
vencedores ingleses y holandeses, saqueadores descarados para
la Corona Española y París, vino a conformar la
sospecha de la verdadera envergadura del cargamento. El control
de la Casa de Contratación y de los oficiales reales sobre
las flotas era, prácticamente, nulo. La carga de los galeones
siempre era de dos a diez veces superior a lo que recogían
los registros. En 1624, por ejemplo, según recoge la historiadora
Enriqueta Vila Vilar, se declararon 1,38 millones de pesos de
a ocho frente a los 9,34 millones realmente embarcados. ¡Un
85% de fraude! Resulta lógico que el conocimiento popular
de estas cifras alimentara el mito del rescate de pecios, a pesar
de haber sido recuperada la carga oficial.
Los buzos, ayudados de rastros consistentes en ganchos
o garfios de hierro dirigidos desde la superficie, se sumergen
en apnea para atar cabos a las piezas que hay que elevar desde
la embarcación. Por este método se rescatan muchos
cañones de bronce, anclas, plata fundida, cochinilla, añil,
madera, piezas de oro, etc.
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En 1720, el sueco Sjölhelm utilizó el primer traje de
buceo conocido en la historia de Galicia: un tubo de cuero cocido
reforzado con alambre sirve para comunicarse y respirar; el casco
del buzo, provisto de un vidrio que se atornilla, se fija a una coraza
en la que se encuentra el buzo enfundado; unos calzones de cobre y
tela embreada sujetos al conjunto con ligaduras de cuero y, por último,
lastre de plomo. El buzo permanecía quince minutos sumergido
con este artilugio.
Ya desde el siglo XVI, promovidos por la Casa de Contratación
de Sevilla, fueron presentados diversos mecanismos y métodos
de rescate. Algunos tradicionales, como la campana de inmersión
de Bono, otros novedosos como los tubos de buceo de Ayanz o los trajes
de Ledesma y Durand. El Francés Goubert (1740) desarrolla un
sistema con el cual consigue reflotar y acercar a la costa el galeón
Nuestra Señora de Los Dolores (Toxo), similar al utilizado
en 1959 con el navío Vasa en Estocolmo.
La ría de Vigo se transformó así en el más
importante campo de experimentación mundial de nuevos métodos
de inmersión y rescate. En el siglo XIX continuaron las campañas.
Isaac Dickson arribó a Rande en 1825 con una campana de inmersión
metálica provista de óculos de vidrio. Entre 1869 y
1873, el empresario francés Hippolyte Magen utilizó
los primeros equipos de buceo autónomo, los Rouquayrol-Denayrouze.
Otras novedades, introducidas por su colaborador el ingeniero Ernest
Bazin, fuero la lámpara eléctrica submarina y un observatorio
desde el que se tomaros las primeras imágenes del fondo de
la ensenada. En 1950, John Potter y Robert Stenuit protagonizan una
de las últimas aventuras de las que aún queda recuerdo
vivo en Vigo dado que se han convertido en auténticos personajes
de su historia más reciente.
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