| El día 15 de agosto de 2003 nos dirigíamos a bucear al Bajo de Fuera, en Cabo de Palos (Cartagena). La salida era organizada por el Club de Actividades Subacuáticas de San Pedro de Pinatar (CASP) y éramos un total de 11 buceadores embarcados en una semirigida de 7,5 mts de eslora. A las 11:15 horas, y a mitad de camino hacia nuestro destino de buceo, concretamente a unas dos millas al sur de la Isla Grosa, nuestra embarcación sufrió una avería que nos dejo a la deriva y sin ninguna posibilidad de reparación que no fuese un remolque hasta puerto y la reparación en una taller. A la hora señalada en el párrafo anterior, el Patrón de la embarcación llamó al teléfono de emergencias 112 y explicó al interlocutor cual era nuestra situación. También contestó a una serie de preguntas sobre el estado en el que nos encontrábamos, la edad media de los buceadores, el número total, etc. A partir de ahí, los ánimos eran buenos porque teníamos algo de agua, algunas bebidas y algo de comer (unas empanadillas), confiando en que brevemente seriamos remolcados a puerto. La primera hora que transcurrió no fue mala. Comimos y bebimos para mitigar el calor y el aburrimiento, pero el tiempo siguió transcurriendo y nadie llegaba a socorrernos. Finalmente a las 14:45 horas divisamos una embarcación de Cruz Roja que es la enviada para remolcarnos. En un principio no nos ve y pasa de largo. Finalmente a las 15:00 horas nos localizan (Eran tres en la embarcación de Cruz Roja y aunque no nos vieron, nosotros los divisamos perfectamente desde el principio. ¿Sería la ansiedad? ). Todo terminó a las 17:20 horas y no sin antes tener que hacer un transbordo en el puerto de Tomas Maestre, en la Manga, y tener que buscar otra embarcación de Cruz Roja que nos remolcase a nuestro puerto base en Lo Pagan. (Según los responsables del 112, la embarcación que nos envían no puede entrar en el Mar Menor). En Definitiva, desde las 10:00 horas nos encontrabamos en el agua y no fuimos rescatados hasta las 15:00 horas. Después de esto y por parte de los responsables del Club se hacen varias llamadas al 112 y se habla hasta con el Jefe de Operaciones, pero no nos aclaran nada. ¿Negligencia, falta de coordinación, profesionalidad? Qué más da; el caso es que se tardó mucho en rescatarnos. Personalmente pienso que los responsables del 112 nos calificaron como emergencia de 2ª . De acuerdo - todos éramos buceadores experimentados y acostumbrados a la mar, el tiempo era bueno y la mar estaba como un plato, pero os aseguro que 6 horas bajo el sol abrasador queman la moral y algo más. ¿Qué hubiese pasado si el tiempo y la mar hubiesen empeorado, o si hubiese habido una fuerte corriente?. Y si es negligencia o falta de coordinación; imagínense un accidente hiperbárico o cualquier otro que requiera de una eficiencia inmedida y una exacta coordinación. NO QUIERO NI PENSARLO
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| Esta increible inmersión se realizó
durante el mes de agosto de este año en aguas tinerfeñas,
más concretamente al sur de la isla, en la tranquila, clara y cálida
costa de los acantilados de los Gigantes. Nuestro objetivo era grabar
en vídeo algún tiburón ángel o angelote, como
los llaman los de allí.
Para ello los divemaster del centro de buceo nos llevaron a una zona donde con suerte podríamos encontrar alguno. La inmersión en cuestión se realizó bajo unas enormes piscifactorías donde crían doradas y lubinas al pie de los acantilados. Veinte metros más abajo nos esperaba un fondo de arena volcánica sin mayor atractivo que las posibles especies que podrían pulular por allí alimentándose de los detritus del criadero de peces. Después de amarrar la embarcación y mientras terminábamos de equiparnos, una sombra enorme de color gris pasó rozando la superficie por estribor. Un silencio estremecedor se apoderó de los pocos que pudimos verlo. Sin dejar tiempo al comentario volvió a realizar otra pasada esta vez relevando su identidad: era un macho adulto de delfín mular de unos dos metros y medio que nos miraba con curiosidad cada vez que emergía del azul. A bordo comenzó el caos como si de la mejor fiesta ibicenca se tratara. Unos gritaban, otros reían, algunos hasta aplaudían y otra totalmente delirante pretendía imitar lo que ella se empeñaba y nadie reconocía como sonidos y jerga de delfín. De ruido de fondo, los gritos del divemaster intentando mantener un
mínimo de cordura. Tranquilos, decía, al agua no, tranquilos,
sentaros, no os metáis en el agua, al agua no. Demasiado tarde,
todos estabamos ya dentro del agua, unos sin mascara otros con una aleta,
sin aletas, sin traje, con plomos, daba lo mismo, teníamos que
vivirlo desde dentro antes de que desapareciera, cosa que no ocurrió
sino que mejoró al aparecer una hembra y una pequeña cría
que parecía la sombra clonada de su madre. Los animales, curiosos
ante esos seres raros y extraños recién aparecidos en
el agua, no paraban de hacer piruetas y pasadas a menos de metro y medio
mirándonos a los ojos, preguntándose seguramente cuál
de las dos especies era en ese momento la más evolucionada. El divemaster logró, por fin, hacerse con las riendas del grupo y después de terminar de equiparnos comenzamos, no sin protestas, la inmersión. Fue la primera inmersión de mi vida en la que me costó tanto descender, ya que en la superficie seguían jugando y nadando la familia de delfines. Desgraciadamente no nos siguieron al fondo, en este vimos varias tembladeras, pastinacas, gusanos de fuego y el tan esperado angelote, un ejemplar hermoso de unos dos metros al que grabamos y perseguimos durante varios minutos. Contemplamos las enormes redes y plomadas de la piscifactoría
y el increíble espectáculo de miles de lubinas y doradas
nadando en círculos en su interior. El tiempo en nuestros ordenadores
se agotaba y nos invitaba a ir subiendo por el cabo hasta la parada
de seguridad, la más larga de la historia del buceo, pues allí
nos esperaban de nuevo nuestros tres curiosos amigos. Desde luego esta inmersión es de las de recordar, pero sin contar en muchos foros porque te miran raro y por educación no te llaman mentiroso. Tampoco es plan de ir a todas partes con el vídeo para demostrarlo.
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| Yo hace poco que buceo, y mi contacto con peces
grandes es escaso: algún mero enorme, tembladeras de gran tamaño,
barracudas, y pocas especies más, pues sólo he buceado en
el Mediterráneo. Tengo tantas ganas de ver otras especies que,
en una ocasión, me sugestioné tanto que me llevé
un susto de muerte.
Estaba buceando en la costa tropical de Granada, en Calahonda. Todavía estaba haciendo el curso de O.W.D., la última inmersión de las cinco, para ser exactos, cuando, de repente, veo a unos pocos metros de mi un pez enorme, con una aleta en su lomo. -¡Dios mío, un tiburón!- pensé. Me subió un escalofrío desde la punta de los pies hasta la nuca. Me quedé inmóvil observando y pensando en lo afortunada que era en ver aquello, en cómo habría sido posible que hubiera llegado un tiburón hasta el mediterráneo. Hasta que el gran pez se incorporó a su posición normal, y pude darme cuenta de que era un pez luna acompañado de un montón de doncellas que le limpiaban con esmero alrededor de su boca. Fue magnífico, una escena digna de ver. ¡Pero qué impresión! La verdad que fue bonito, y tiene que ser de veras impresionante encontrarte con tiburones o peces de tal envergadura. Yo ya sé lo que se siente, pero espero seguir buceando y verlo de verdad.
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